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Banda: Judas Priest.
Titulo del Disco: "Killing Machine".
Año de publicación: 1978
Estilo: Hard Rock / Heavy Metal

Lista de canciones:
1. Delivering The Goods (4:16)
2. Rock Forever (3:20)
3. Evening Star (4:05)
4. Hell Bent For Leather (2:39)
5. Take On The World (3:02)
6. Burnin' Up (4:00)
7. Killing Machine (3:02)
8. Running Wild (2:57)
9. Before The Dawn (3:22)
10. Evil Fantasies (4:14)

Critica:
Inagotable y sorprendente el camaleonismo de una banda como Judas Priest, que en cada álbum nos mostraron un mundo aparte, que a su vez compartía la misma chispa vital, la misma identidad que el resto de obras de su firma, todas eslabones de una cadena evolutiva con la que los de Birmingham buscaron metalizar aún más lo que sus vecinos Black Sabbath vertieron en crudo sobre el Mundo en el albor de los ’70.

Y fue sin duda 1978 el año más prolífico de esta banda inglesa de las hachas gemelas, la banda que en ese año dio vida a dos obras, Stained Class y el álbum que aquí nos ocupa. Al igual que se buscó continuar la fragante noche de Sad Wings Of Destiny (1976) con la madrugada de Sin After Sin (1977), al deslumbrante Stained Class se le buscó su cara oscura, siendo volteado para mostrarnos a su siamés malvado, de tez pálida y temerario atuendo.

En un mismo año, parecía que la misma efigie iridiscente que tan delicada iluminó la portada de Stained Class se giró frente a nosotros ya vestida para matar, mirándonos a los ojos desafiante desde el rojo fragmentado de sus gafas de sol, inaugurando la Edad del Cuero en el naciente Heavy Metal.

Hell Bent For Leather tuvo que ser el nombre con el que se tendría que haber presentado al Mundo entero (no sólo en U.S.A.) este álbum del Sacerdote que aquí nos concierne, pues ese nombre era el acertado, el crucial para evocar e invocar entre dientes ese complemento estético y cultural que vino unido a su música, decisivo para completar el proceso de conversión de un género que cada vez cobraba más definición y personalidad. El Heavy Metal tomó el cuero y las tachuelas como uniforme de guerra gracias a este álbum, el mal llamado Killing Machine…

Pese a estar salpicado de algún que otro hit single algo accesible (pero genial), este quinto álbum de los Priest parecía engullirnos en un ambiente general más siniestro, denso, oscuro, áspero… Rob Halford mostraba su lado más macarra rompiendo adrede su registro, tronando su voz como la Harley Davidson que desde entonces subiría a las tablas, ya enfundado en su indumentaria gay-sado de látigos, cadenas y pirámides de níquel remachadas sobre negro cuero, una ropa de faena que ya sería la reglamentaria tanto para él (su impulsor) como para el resto del combo, abandonando ya para siempre la vestimenta zeppeliana de sus primeros años para pisar más fuerte que nunca, vislumbrando el inminente albor de una década que vindicaría unas bases más contundentes bajo guitarras más densas. En todo ello Judas Priest venían más que preparados para encarar esa gesta, con una producción que reforzaba los graves y subía la distorsión de las armas de Tipton y Downing, mostrando su sonido más potente hasta la fecha, además de reflejar una actitud y una atmósfera en la que se siente la niebla artificial gravitar sobre esos tenues escenarios donde presentarían esta ‘Máquina de Matar’, perpetuado ello en aquel mítico a la vez que polémico directo, Unleashed In The East, que lanzarían al año siguiente.

La escena entera fue la siguiente en embutirse en esa piel curtida, y bien sabida es esa historia, cuyo primer capítulo vive en los surcos de este álbum, que aunque nunca fue un pináculo notable en la discografía de Judas, ostenta esos detalles, esos destellos de magia que sólo pueden darnos las deidades del género. Aquí otro decálogo de cómo los dioses engranaron el Hard Rock más bravo con ese ‘Metal Pesado’ que auguró aquel periodista…

Las intermitencias de esa punzante guitarra que abre el álbum parecen querer encender a giros de llave un antiguo pero potente motor, hasta que tras dos quejumbrosos intentos consigue avivar, desperezar y acelerar a ese acorazado llamado Delivering The Goods. Pura adrenalina, cuando en ese fiero despertar se superpone sobre su tan rockero riff ese riffeo en palm mute junto al mugir de Halford, empujándolo todo como un rompehielos, añadiendo más músculo al coloso. Una dinámica adictiva, de un Rock robusto y certero, un tempo que te golpea en el pecho marcando la grata diástole y sístole de casi toda la canción.

“One-hundred solid proof”, “Leviathan”, “Dynamite”… Palabras que muerden, palabras mágicas para cargar nuestras pilas, pronunciadas con saña por el maestro de maestros Robert Halford, reflejando esa nueva naturaleza que había tomado el sonido de la banda, menos épica y más ruda. Y crucial ese glorioso puente que se expande después del solo , solemne antesala para el acelerón posterior y su apabullante parrafada, todo un éxtasis de tralla que parece abrirse paso a puñetazos, marcando el para mí mejor momento de toda la canción, y uno de los mejores de todo el álbum, dentelleado por Halford con una fiereza apasionante. Intenso final también, donde el baterista Les Binks expone su pirotecnia, faltando poco más de una década para que algo parecido a su salvaje colofón de redobles terminara con un sonoro e histórico “Pain!” (Perdón por tal salto en el tiempo, pero si no lo decía explotaba).

La garra y el empuje de esta canción ha sobrevivido a las décadas, y la muestra de ello no es sólo que desde su álbum de origen siga en ignición para viejos y nuevos corazones, sino también lo corrobora aquel mano a mano que tuvo Rob Halford con Sebastian Bach en vivo, apoyados por Skid Row en los ’90, arrojando sobre las tablas un Delivering The Goods brutal digno de conocer que quedó inmortalizado en este vídeo. ”We're ready to hit the roof…”

Las luces cambian, con ese brillo especial que posee Rock Forever, el que enciende la segunda mecha para traernos con su simpático jugueteo de doble bombo (”with this beat of a heavy kind”) un tema de gran vitalidad y soltura, festivo pero elegante, unido a ese buqué añejo que brinda el reverb de la voz, un Halford que pespuntea el estribillo con su marcadísimo vibrato y superpone escalonados ‘rocks’ sobre un puente al solo que es realmente electrizante, con un conclusivo ‘Now get it right, boys’ que aún chispea fresco y cercano en cada Play pese a los decenios. Enérgica recta final, que nos zarandea con su reiteración de notas hasta dejarnos K.O. con su último guitarrazo. ”I'm in a seventh heaven, Oh I can touch the sky…”

”Viajé a una distante costa,
Sentí que tenía que ir.
Una voz interna me llamó allí…”

La Estrella Vespertina brilla serena sobre el mar, Evening Star es el edulcorante de este festín de Rock N’ Roll, una pieza electroacústica de notables cambios de humor y un estribillo muy comercial (atención a su ‘salerosa’ línea de bajo), pero que no por ello se priva de zambullirnos sin previo aviso en un pasaje mágico, muy melancólico, donde un magistral solo bucea sinuoso y emotivo, dibujando como a gravedad cero una atmósfera única que resuena de forma hipnótica, y que sólo puede ser concebida por estos magos de las luces y las sombras.

HELL BENT!… HELL BENT FOR LEATHER!

Explosivo, megatónico, llega el que a nivel mundial tendría que haber lucido el emblema de Title-track en la solapa de su chupa. ¿Existe estribillo más condenadamente Heavy que el de Hell Bent For Leather?, no puede llenársenos más la boca cantando que con este chorus, y si encima es entonado por el timbre único de Rob Halford y su severo deje rockero, la cosa se pone difícil a la hora de encontrar rivales dignos, pues los sueños de éstos caen como bien reza la letra… ”Crash one by one to the ground”. No es sólo por lo pegadizo y potente que es, sino por todo lo que encierra en sí mismo, pues primero es lanzado a solas ese ’hell bent’, expresión que significa ‘velocidad endiablada’, y a continuación es disparado el título al completo para que tome un segundo sentido: “El Infierno se inclina por el cuero”… ¿Pudo alguien en la historia del Metal expresar una manifestación tan completa de lo que es esta música en una frase y encima entonarlo con tan cruda saña y creíble rigor?. No podréis dudar de la supremacía de esta canción como himno supremo del género, que funde la velocidad, el Infierno y el cuero en una escueta serie de martillazos hechos verbo.

Rápido, contundente, de riff incisivo… Con este tema fue con el que a partir de entonces la Harley Davidson de Rob luciría y rugiría a modo de preludio sobre los escenarios, siendo en el final de aquel vídeo Metal Works ‘73-‘93 donde vi tal performance por vez primera, en plena época mía de iniciación a la ‘Priestmanía’. Y me pareció tan trallero ese tema, que en mi ignorancia de neófito creí que aquel Hell Bent For Leather era alguna cara B del todopoderoso Painkiller, pues era de la gira de ese álbum aquel show (Irvine Meadows, California 1991), y al sonar todo con la demoníaca ecualización de guitarras de aquella obra magna del ’90 mas la mala leche con la que era masticada su letra por el de la gorra, aquella cuarta pista del Killing Machine podía hacerse pasar perfectamente por un vecino de All Guns Blazing, por poner un ejemplo afín. ¿Hacen falta más porqués para afirmar su naturaleza y grandeza heavies?, por si aún hay dudas ya está Glenn Tipton para poner la guinda, con ese incendiario solo encendido a tapping y rematado a púa, sin olvidar ese puente que canta Halford para inaugurar el lead break, creando un mágico contraste de sentimiento entre tanta caña. Apoteosis metálica.

Una poderosa estructura de timbales se abre paso como un tanque… Take On The World llega a ceño fruncido, contundente en su verso, con un Halford de raucas tesituras oldies tomadas de las raíces negroides del Rock más primario (me recreo en cada condenada sílaba que gruñe aquí). La aspereza es limada de súbito con su tierno estribillo, un coro de hermandad que aunque cándido, no estropea la bravura general de este sacro himno rockero, intenso desde sus primeros pasos de parche hasta su gong final, rugiente y épico tanto en estudio como en vivo.

Llegados a este punto, no puedo disimular mis reverencias hacia la chulesca y seductora Burnin’ Up, una pieza que me rebaña el alma cada vez que se pasea por mis oídos, y que a veces casi me ha hecho llorar por su arrebatadora expresividad, de gran sentimiento y coraje. Desde que entra a matar con ese riff tan extraño, con su sutil coletilla chirriante, materia prima de los futuros maullidos eléctricos del ‘guitar demon’ Darrell (escúchese Becoming de Pantera), ya todo desde ese instante fluye diferente, pues regenta su propia ductilidad y dinamismo, su propio estado de materia, el corazón de la canción se instala en el tuyo y ya sólo queda dejarse llevar. La pasión contenida con la que Rob interpreta la canción, y ese suculento traqueteo de percusión y guitarras durante ese “And then we'll make love”… ¿Se puede pedir más?.

Pero aún lo mejor queda por llegar, y es ese pasaje calmo que se dilata en el minuto 1:49, donde la canción es abierta de par en par dejando a flor su esqueleto, una estructura de batería muy vacilona y adictiva (siempre tan creativo Les Binks), sobre la que llorarán las guitarras para dar paso a un Rob Halford muy íntimo, que va creciéndose hasta que toma el nombre de la pieza como un “¡abran fuego!”, siendo retomada la tralla con un machacón riff muy Groove (Pantera entonces jugaban a las casitas con sus primas). Una contundente lección de Rock, sátiro y emotivo a partes iguales.

A continuación, un asesino a sueldo que se autoproclama ‘Máquina de Matar’ cubre de espesa niebla nuestro escenario imaginario. Él dice que tiene un contrato contigo, pero desgraciadamente, tú no eres “la parte contratante de la primera parte”, lo siento mucho. Murmurando cínico y galante entre sigilosas guitarras de corte tétrico su historia de crímenes y autocomplacencia, Killing Machine parece emitir su música y voz como desde una dimensión distinta a la del resto de cortes, más cruda, gramofónica, más espectral y por ello misteriosa. Su solo, punteado por Tipton, es la sombra más perversa que habita en el álbum, deliciosamente decadente, terrorífico.

La canción que dio nombre al disco tanto en Inglaterra como en Europa no logró ser una maravilla, pero tiene su chispa, y es una de las que más fielmente plasman la atmósfera y pulso que evoca el álbum, siguiéndole un raudo Running Wild, ilustre ancestro del Power Metal, que logra ser el corte más riffero y Heavy de la obra, con momentos trepidantes como ese bridge de vértigo que despega en el 1:23 (solemne éxtasis), o ese ataque final a doble bombo que perpetra Binks mientras echan humo las hachas de Glenn y Ken. Otra pieza que marcaba las directrices sonoras para cuando amanecieran los ’80… “¡Oído cocina!”, gritó el fantasma colectivo de la nonata N.W.O.B.H.M.

Angelical ese Before The Dawn, una balada acústica muy bien condensada, siendo toda ella un estribillo que progresa con muy bellas líneas vocales, hasta llegar a un sentido solo, donde la fiera Downing es amansada para la ocasión (sí, curiosamente no es Glenn). Evil Fantasies pone el broche final con un mid-tempo muy rockanrolero, que pisotea lento pero fuerte llevando a cuestas su guitarreo desvergonzado, sobre el que el front-man se apoya como ebrio, como loco, exagerando tonalidades con unos espasmos y una corrosión alucinantes, narrando delirante sus fantasías más malvadas con ese grito tembloroso que no sé de dónde saca. Buen fin de fiesta para este LP de humo, umbra y óxido.

Cuando este álbum iba a ser lanzado al mercado estadounidense, al sello Columbia/CBS el título de ’Máquina de Matar’ le pareció demasiado violento, por lo que fue rebautizado como Hell Bent For Leather, y fue en esa edición para los yanquis donde fue incluido un tema extra, aquel The Green Manalishi (With The Two-Pronged Crown), la colosal versión que Priest le hicieron al tema de Fleetwood Mac, canción escrita por Peter Green y que en las manos de Judas Priest sufrió una transmutación más que interesante, echándola a andar a paso más vivo pero dejando intacto su genoma de misterio, lobreguez y lascivia (quizás incluso potenciándolo), y adjuntando una sesión de solos que es uno de los mejores diálogos que han articulado las púas de Tipton y Downing en la historia del Sacerdote, respondiéndose entre sí los hachas con una conexión, belleza y vehemencia realmente abrumadoras, dos torrentes en escala Blues irrigando nuestras almas a pulso de Metal. Ni que decir tiene que ese “tuneo” que practicaron los de las Midlands se convirtió para ellos en un clásico más propio que ajeno. Tiranía de dioses, pero bendita sea su mano autora.

Ya concluyendo, insisto en que Killing Machine no fue ni de lejos de lo mejor que Priest lanzó en los ’70, pero fue otro rico surtido en el que la banda cumplió de nuevo su constante de canciones distintas entre sí pero compenetradas en un único ambiente, logrando una vez más una versatilidad corte a corte muy elástica pero de inconfundible rúbrica, canciones de calidad que sirvieron además de prototipos para ir diseñando y puliendo lo que luego culminó en el prestigioso British Steel (1980).

Como todo álbum de estos británicos, éste también fue importante a su manera, siendo en la carrera de Judas un interesante episodio de alto voltaje, crudeza y sombra de dosis propia, con alguna que otra bomba insigne (Delivering The Goods, Hell Bent For Leather, Running Wild…) y memorables momentos de emotividad (Before The Dawn, los ecuadores de Evening Star y Burnin’ Up…), sin olvidar sus breves toques comerciales (Evening Star y Take On The World) contrapuestos a la esencia cáustica de íntima cosecha con la que endiablaron el Hard Rock (Killing Machine, Evil Fantasies…). Y en el componente visual y cultural, no olvidemos su importancia a nivel histórico en la Música, la del álbum que inauguró la Edad del Cuero en el Metal.

Al final veré justo su título honorífico en Europa de ‘Máquina de Matar’,
Aunque su alter ego norteamericano es ya proverbial…
HELL BENT FOR LEATHER!

Formación:
Rob Halford - Voz
Glenn Tipton - Guitarra
K.K. Downing - Guitarra
Ian Hill - Bajo
Les Binks - Batería

En 1979 publicarían el que sería considerado como el disco que cierra su primera etapa. Con un endurecimiento palpable en su sonido, abre la puerta a su sonido más clásico de los 80, muy cercano a la NWOBHM, que desde luego bebe mucho del sonido Priest de los 70.
Con mayor éxito que los dos álbumes anteriores (abriéndole la puerta del mercado japonés, donde grabarían ese mismo año el directo Unleashed In The East), este disco contiene clásicos como la insigne Hell Bent For Leather, el single Take On The World, Evening Star, la estupenda versión de Fleetwood Mac The Green Manalishi o la relajada Before The Dawn.

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