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Biografía

Síndrome fue una de las articulaciones musicales más curiosas de los años ochenta en Chile, la cual, pese a los muchos misterios sobre su conformación, consiguió al menos un par de hits radiales que aseguraron su trascendencia más allá del llamado boom pop de esos años.

No era sólo que el cantante se presentara en vivo escondido bajo un antifaz y que en sus videos sólo pudiera verse su silueta a contraluz. Era, también, que nunca terminaba de quedar claro si Síndrome era el seudónimo de un solista o el nombre de una banda completa. Con los años, y algunas entrevistas, los enigmas se fueron aclarando, y pudo contarse mejor la historia del hombre tras “No se puede vivir sin amor”.

El alter-ego de un publicista
Bajo Síndrome estuvo siempre Jaime Ayala, un joven santiaguino aficionado a la música desde sus tiempos escolares en el colegio San Marcos, y que fue aprendiendo a solas canto, guitarra y algo de piano. Más tarde, inscrito en Comunicación Audiovisual, llevó su primera composición (“Qué genial”) a un festival juvenil transmitido por el Canal 11 (“La Tarde Grande”), donde consiguió el primer lugar y un estimulante impulso para su hobby. No llegaban aún el seudónimo ni el antifaz.

Asistir al show de Charly García en el teatro Gran Palace, en 1984, convenció a Ayala de acelerar su interés por levantar un repertorio propio. Compuso a solas algunas canciones y financió por cuenta propia la grabación y las primeras doscientas copias de un disco. Surgió entonces la idea de un alter-ego: «No quería arriesgar mi carrera de productor de publicidad en caso que me mandara un condorazo, y, por lo tanto, necesitaba otro nombre», explica el músico en el libro de entrevistas Las voces de los ’80. «El sida estaba todos los días en los diarios y en la televisión. Ésa era publicidad gratis, además era polémico, sugestivo». Así nació Síndrome.

Una breve gestión personal en radio Galaxia permitió que dos canciones de ese primer disco comenzaran a rotar con insistencia: “No se puede vivir sin amor” y “Pequeño sol”. En pleno auge del interés de los medios por el pop en español, no costó mucho pasar de ahí a otras radios y, luego, a la televisión y a las revistas. Ayala puso siempre una sola condición para fotos y filmaciones: él debía llevar un antifaz que le cubriera toda la cara. Cuando grabó videoclips mantuvo el misterio jugando con su silueta y la de su banda acompañante siempre a contraluz.

Antes de retirarse de los escenarios, Síndrome publicó dos cassettes: De todo un poco (1988) y De todo un poco II (1989), ambos con la etiqueta de importantes casas disqueras. Pero el fin del interés de radios y sellos por el movimiento de pop chileno arrastró también a Ayala, que volvió más tarde a su trabajo de publicista, sin dejar muchas pistas sobre su identidad. Entre los muchos hitos curiosos de su biografía, la aparición del estribillo de “No se puede vivir sin amor” en un comercial de arroz, en 2006, es sólo uno más de la lista. «Soy de culto, me dicen, un ícono, un clásico”, dice en el citado libro de entrevistas. “Yo sólo me río, disfruto de la situación y agradezco sinceramente a las radios que en aquel entonces, desinteresadamente, difundieron mis canciones y me hicieron conocido».

Síndrome fue uno de los participantes del festival Las voces de los ’80, organizado en Santiago en junio de 2013.

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