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Fecha de Lanzamiento: 12 de octubre del 2010

Tracklist:

01. El Juidero
02. Pasame a buca
03. Guarara
04. Bajito a Selva
05. El Blue del Ping Pong
06. Da pa lo do
07. Flores de Fuego
08. Dulce Sueños
09. Como un ladron en la noche
10. Oigo Voces
11. La Hora de Volve
12. Equeibol

Rodando El Juidero

En octubre del 2009 subimos a una loma en Las Terrenas a grabar lo que sería el disco “El Juidero” apoyados por las barbas cherchosas del productor dominicano Rafael Lazzaro aka Chuchi, el manojo de canciones iba cogiendo su forma final mientras en la mente de la directora puertorriqueña Noelia Quintero, otras sonoridades estallaban. El tema que titularía el álbum había surgido una noche en Brooklyn en casa de Chuchi, cuando se cocinó un masacote con ínfulas de merengue de calle en el que sacaban la cabeza como manos en tierra de cementerio, el viejo Marley, el merengue tradicional “Juan Gomero” y una güira futurista a treinta mil millas por hora. Ya en las terrenas “El Juidero” encontró espacio para el Funk y el Soul en unos fraseos que también involucraban a otra estrella de los 70´s, el campeón de la bolita del mundo: Jack Veneno. Noelia que recibía esos ecos setenteros a través de una bocina más global que la que mis aficiones ultra-locales me permitían, comenzó a bocetear el universo de un video para dicha canción que terminó filmándose en abril del 2010, tras una investigación estética que incluyó el cine Blaxploitation, la época dorada de la Salsa y los asesinatos políticos de los doce años del Doctor Balaguer.

Mientras la mirada de la directora iba ajustando su propuesta al panorama dominicano actual, a sus estridencias e insignificancias, yo iba entregando, por primera vez en mi vida, el poder total que me había conferido por años sobre mis productos culturales. El video, pensado como un cortometraje de época, en el que una organización clandestina trafica armas y ejecuta operaciones en los días de la muerte de Orlando Martínez, se iba haciendo más y más delicioso a los apetitos de todos los que veíamos cómo una boricua, hacía confluir planos históricos, artísticos y sociales hasta la fecha no representados audiovisualmente en la República Dominicana. El video sería una persecución en la que Santo Domingo, como dijo una vez el poeta Homero Pumarol “es un perro que se muerde la cola”, un paisaje en el que la única libertad ejecutable en la insularidad más abstracta de todos los tiempos es la velocidad. Esta velocidad que se ha articulado de manera elocuente en el “mambo violento” o “merengue de calle” por lo menos en su primera etapa, es a su vez intento de ruptura con el acartonamiento acomplejado que nos delegó el Trujillismo y el Balaguerato y la esquizofrenia digital irreflexiva y brutal. Los automóviles de la época retratada, como máquinas de tortura que fueron, pues desde ellas se espiaba y ejecutaba a los enemigos del poder, intelectuales, artistas, estudiantes y gente a pie, marcan en el video el tiempo de guerra que fueron los años setentas en todo el mundo, los tiempos en que la guerrilla urbana de la Baader-Meinhof hacía estragos en Alemania, el Weather Underground ponía bombas empáticas en Estados Unidos y en el Nueva York negro la necesidad hereje sembraba las semillas de una de las revoluciones más trascendentes de la historia, el nacimiento del Hip Hop. La noche antes de la filmación, la directora, quién había puesto de manifiesto de manera bastante eficiente, la importancia de los automóviles en el video, se enfrentó a la noticia de que el Cadillac el Dorado, pautado como el carro que yo manejaría, no estaba listo y que habría que buscar un sustituto. Este modelo, además de ser el bombón que aparece en Superfly, pozo de donde bebió el video, había sido el carro en el que Johnny Ventura, quien nos honró con tremendo cameo, transitaba las calles de Santo Domingo de Guzmán en aquellos tiempos.

La mañana siguiente, me vistieron con el traje de polyester color vino y tras una serie de peinados aerodinámicos que la directora desaprobó hasta lograr el pajoncito sudao que su visión creía más apto, subí definitiva-mente al verdadero protagonista de esta obra, un Lincoln Continental negro de 1972 que la direc-tora de arte había conseguido a último minuto. Mientras me familiarizaba con su funcionamiento, con la fricción de submarino y las dimensiones de su carrocería, pregunté al miembro del club de coleccionistas que supervisaba el uso que le dabamos al auto, que a quién había pertenecido aquella joya, su respuesta fue rápida: “este era el carro de uso personal del Doctor Balaguer”. Todavía se me aprieta el estómago ante aquella prueba contundente de que andábamos en algo más grande de lo que pretendíamos y que aquella producción rondaba los vericuetos del conjuro, trenzando extrañas correspondencias. Noelia se trajo a Sonnel, un director de fotografía también puertorriqueño para completar el dream team de cuatro ojos frente a los que se desarrollaría este drama de violencia y sudor. Esos ojos educados por otras represiones y libertades desmantelaron el esqueleto trágico de la dictadura que se extiende hasta nuestros días: nuestro paroxismo ignorante y cruel, la evasión de una historia que nos ha hecho huérfanos de razón y la imposibilidad de administrar un presente de pasado indocumentado, El Juidero nuestro de todos los días.

Rita Indiana, Julio 2010

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