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Biografía

  • Fecha de nacimiento

    1 Mayo 1939 (78 años)

  • Lugar de nacimiento

    Seattle, King County, Washington, Estados Unidos

Judy Collins (Judith Marjorie Collins, nacida el 1 de mayo de 1939 en Seattle, estado de Washington, EUA) empezó a actuar en público a los 13 años, pero no como cantante, sino como pianista. Subió a su primer escenario para tocar el Concierto para dos pianos, de W. A. Mozart. No cito esa circunstancia por la actualidad de Mozart, sino porque en éste su último disco –que hace el número 39 de su carrera, si las cuentas no me fallan– Collins utiliza el piano, el instrumento de su infancia, como principal y a veces único instrumento de acompañamiento. Toca en alguna pieza también la guitarra, pero el piano es la constante.

Lo primero que sorprende de este Retrato de una chica americana es que, a sus 66 años de edad (casi 67), tras 45 años de carrera (su primer disco salió en 1961), Judy Collins conserve sus facultades vocales intactas. Digo mal: mejoradas. Sigue siendo capaz de mantener los mismos agudos de cristal sin el menor esfuerzo (aparente), sigue evidenciando la misma limpieza en el fraseo (es la cantante ideal para cualquier estudiante de american english), pero se muestra cada vez más capacitada para dar a su voz sentimiento, emoción y calidez. De modo que uno puede olvidarse en seguida del mérito que tiene hacer eso a su edad y pasar a evaluar el mérito que tendría hacerlo en cualquier caso, así contara con 25 años. Lo de la edad queda para las biografías… y para las fotografías, como puede verse aquí arriba.

Y ya que hablo de biografías. Para no poca gente de mi generación, Judy Collins es, como quien dice, una colega. Algunas de sus interpretaciones (el Both Sides Now de Joni Mitchell, el tradicional Amazing Grace, el Send in the Clowns de Stephen Sondheim… y tantas otras) nos han acompañado desde los 60. Durante bastante tiempo, practiqué el rito de inaugurar cada nuevo año, tras las doce campanadas, poniendo a buen volumen su magnífica versión de Bread & Roses («Pan y rosas»), para mi gusto el mejor himno feminista que se haya escrito jamás.

Lo que para muchos de nosotros ha sido una camaradería anónima, cultivada en la distancia, para otros la ha sido muy cercana. Quienes hayan oído el Suite: Judy Blue Eyes de Crosby, Stills & Nash ya saben de qué ojos azules hablaba Stephen Stills, que estuvo prendado de ella durante bastante tiempo. Y ya dentro del terreno de los chascarrillos: quizá no todos sepáis que la primera persona que escuchó el Suzanne de Leonard Cohen fue ella. Nada más acabar de componer la canción, Cohen se metió en una cabina de teléfono, llamó a Judy y se la cantó. Ella hizo algo más que decirle que era maravillosa: la hizo suya, la grabó y contribuyó a la fama de aquel joven, arrogante y prometedor poeta y songwriter canadiense.

Este Portrait of an American Girl recién salido al mercado –su primer trabajo de estudio después de ocho años– es un producto maduro, quizá más intimista que la mayoría de los anteriores, artísticamente muy sólido, aunque emocionalmente más turbulento. Se nota que a Collins le pesa la vecindad de la vejez y la perspectiva de la muerte. Aporta incluso algunas sorprendentes inquietudes religiosas, aunque tengan sus bemoles (en el primer corte del disco, Singing Lessons, pide a Dios que le enseñe a cantar: a fe que ese don le fue concedido hace ya más de medio siglo).

La mayoría de las canciones son composiciones suyas, aunque incluye algunas ajenas, como The Song About Midway, de su tan próxima Joni Mitchell, o el How Can I Keep From Singing, de su no menos admirado Pete Seeger. El aplomo que proporciona la experiencia le permite jugársela sin correr demasiados riesgos aventurándose con una larga pieza prácticamente a capella (Wedding Song) y hasta con un recitado político (Lincoln Portrait) que evoca la figura y las palabras de Abraham Lincoln (entre otras: «Del mismo modo que no quiero ser esclavo, no quiero ser dueño»).

Admito que me puse a escuchar el CD con tan buena predisposición sentimental como desconfianza hacia las posibilidades interpretativas de la vejez. Lo primero estaba totalmente justificado. Lo segundo, comprobé de inmediato que no. En absoluto.

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