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En 1983 durante una gira por Mendoza, Charly García sufre un ataque de pánico en la habitación del hotel donde se alojaba. De alguna manera sentía y tenía la necesidad de decirle al mundo que estaba harto, que estaba cansado, y que ser Charly García implicaba toda una responsabilidad que quizá ni siquiera él tenía la capacidad de comprender y sostener. Cuenta la historia que el ataque empezó cuando vió el tipo de pinturas que estaban colgadas en la pared de la habitación. Acto seguido, y emulando actos que décadas atrás habían producido músicos como Keith Richards, se desató la furia del músico que destruyó completamente el espacio en el cúal estaba alojado, incluyendo un televisor y varios muebles que volaron surrealmente por la ventana hacia la calle. Esta anécdota sirvió de puntapie inicial para lo que sería una de sus canciones más representativas y la que define nítidamente lo que era la vida de Charly por esos días. Unos tambores dan el punto de partida a una canción pop pero con la furia y simpleza rockera necesaria para llegar directamente al punto que busca comunicar. Se le criticó por venderse, volverse pop, comercial, y poco rockero. Y en este disco Charly una vez más silencia a aquellos que lo único que han hecho ha sido ver la paja en el ojo ajeno. Yo, nos dice Charly, que hice tantas cosas y que viví tantas otras, me cansé de seguir en esa posición y mis ideales, como los de muchos de mi generación, se fueron lejos. Por eso ya no critico, sino que demuelo hoteles, como una buena estrella de rock, y mientras yo sigo en esta, hay chicos allá en la esquina pegándo carteles, hay plomos juntando cables, y hay una represión que sigue. Escondida quizá, pero sigue. Su voz desgarrada, casi gritándo, es una protesta y a la vez una proclamación de que, como bien dijo John Lennon, "The dream is over". Que a pesar de todo lo vivido y los años transcurridos, "ahora no estoy más tranquilo, crecí sin entender nada y todavía me siento un anormal". Báncate ese defecto, como nos recuerda Alfredo Rosso. La canción sirve entonces como toda una declaración de principios donde el músico, desde su posición de observador y observado, narra todo lo que ha visto y ha hecho (dictaduras, educación, sociedad injusta, ideales rotos, consignas revolucionarias) y lo presenta como una justificación por la cuál hoy pasa el tiempo "demoliendo hoteles". De esta forma empieza el carnal, visceral, y potente Piano Bar.

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