Mi experiencia personal comienza a eso de las 18h30, siempre de botellón. Junto a la playa, con un sol de justicia y unas gafas por bandera, bebíamos ron de caña nicaragüense al ritmo de Étienne de Crécy (que tanta caña nos dio en Creamfields), Midnight Juggernauts o MGMT. El tiempo pasaba deprisa, casi sin darnos cuenta. Eran las 20h00,
-¡MGMT!, con ese mismo sol de justicia, pero un poco más caído, emprendemos ese gran tajo de casi 15 minutos hacia el festival, con la esperanza de escuchar un poco del grupo de Brooklyn.
Sudando llegamos a la puerta, sacamos la entrada, nos entra ese cosquilleo que te recuerda donde vas a entrar... y ¡a correr al Movistar! Cuando llegamos debería ser como las 20h40, pero, oye, bastante bien. Escuchamos Electric Feel, Kids, Time to Pretend y alguna más que no recuerdo...
Y de ahí... a Goldfrapp. ¡Uf!, ¡Buah!... Menuda es ella, la única rubia que puede vestirse de pájaro y seguir siendo elegantísima (con permiso de Björk).
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